Como ya compartí con ustedes mi primer cuento, voy a compartir ahora mi primer poema completo.
Fue escrito hace unos 8 años. En el momento en que lo concebí, no había leído más poesía que el Infierno de Dante, el Martín Fierro y algún que otro poema de Almafuerte. (Quizá puedan notar algo del estilo solemne y barroco del florentino, aunque tal vez lo mío suene como un remedo ridículo). No puedo citar ninguna otra influencia poética (no es que no la haya habido; pero, en todo caso, excede mi memoria y mi consciencia).
A través de los años, y a medida que fui adquiriendo conocimientos y experiencia, ha sufrido muchas variaciones hasta asumir la forma acabada en que se los presento hoy. No es de los trabajos con los que más conforme estoy, pero si lo he guardado y atesorado es porque constituye mi primera manifestación poética. Es más, confieso que los siguientes 5 o 6 trabajos han sido tan malos que no dudé en desecharlos.
En fin, les tengo que pedir disculpas de antemano por sus muchas faltas, y espero que tengan la benevolencia de encontrarle alguna bondad.
LA BRÚJULA SAGRADA
Hace ya un largo, largo tiempo,
en una tarde tormentosa,
en que el cielo vertía lágrimas
sobre la tierra pedregosa,
dejé mi precario refugio,
anhelando un jardín de rosas;
pero al adentrarme en el páramo
se tornó mi visión borrosa,
y ante el embate de la duda
surgió mi mente prodigiosa.
Pero al alzar la vista vi
que desde arriba me acechaba
un cóndor de sombrías alas
y atroces garras de carmín;
y me eché a andar por una senda
que entonces se me reveló:
como una fúlgida alborada
tras la nefasta noche negra,
fue para mí esa estrecha senda
que ante mis ojos se encendió.
Fueron miles las peripecias
que el tiempo magno deparó
a mi alma, en aquellos valles
de sombra y muerte que cruzó;
pero la luz de una alta estrella,
que fue el reflejo de mi amor,
me dio su guía soberana,
y en el camino me alumbró:
como una brújula sagrada,
mi propio rumbo me mostró.
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viernes, 19 de abril de 2013
viernes, 12 de abril de 2013
Der neue Advokat - Franz Kafka
Gente, ésta es mi traducción de uno de mis cuentos favoritos de Kafka. Estudio alemán, y de vez en cuando ejercito un poco haciendo alguna traducción literaria. Por supuesto, para darme mayor motivación, siempre tomo alguno de mis autores favoritos.
Para mí, la actividad en sí es placentera, y lo es por partida doble: en primer lugar, porque sencillamente me gusta estudiar este maravilloso idioma; y en segundo lugar, porque puedo descubrir los matices literarios más profundos de las versiones originales.
Así fue que me di cuenta de que este cuento no estaba satisfactoriamente traducido en las versiones en español que había leído hasta el momento en que me fue posible acceder al original. Por eso, decidí hacer mi propia traducción, rescatando (o poniendo énfasis) en algunos aspectos que (para mí) han sido descuidados en esas versiones.
Pero, de todos modos, cabe aclarar algo que es obvio: lo que se dice en un idioma no se puede decir igual (con todos los matices, connotaciones emocionales, símbolos, nexos, etc.) en otro idioma distinto.
El nuevo Abogado - Franz Kafka
Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. En su exterioridad, recuerda poco la época en que aún era corcel de batalla de Alejandro de Macedonia. Quien, no obstante, está al tanto de las circunstancias, algo nota. De hecho, he visto yo mismo últimamente en las escalinatas a un ujier completamente cándido, con la mirada ávida propia de los pequeños parroquianos de las carreras, contemplar al abogado, mientras éste, irguiendo bien las ancas, con paso que resonaba sobre el mármol, subía de peldaño a peldaño.
En general, el colegio aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa comprensión, se dice que Bucéfalo, dado el actual ordenamiento de la sociedad, se encuentra en una posición complicada, y que, por lo tanto, considerando asimismo su significado en la historia universal, merece en todo caso que se le hagan concesiones. Hoy en día (nadie lo puede negar) no hay ningún Alejandro Magno. De matar entienden ciertamente algunos; tampoco falta la habilidad para darle al amigo arrojando la lanza sobre la mesa del banquete; y para muchos Macedonia es demasiado estrecha, por lo que maldicen de Filipo, el padre –pero nadie, nadie puede guiar hacia la India. Incluso entonces las puertas de la India eran inalcanzables, pero la espada del rey señalaba el rumbo. Hoy las puertas están ya en otro lado; más lejos y más alto han sido llevadas; nadie señala el rumbo; muchos sostienen espadas, pero sólo para fanfarronear con ellas, y la mirada que pretende seguirlas se termina perdiendo.
Quizá por eso sea lo mejor sumergirse en los códigos legales, como lo ha hecho Bucéfalo. Libre, exoneradas las ancas del lomo del jinete, junto a la quieta lámpara, lejos del fragor de la batalla de Alejandro, lee y da vueltas las hojas de nuestros viejos libros.
Para mí, la actividad en sí es placentera, y lo es por partida doble: en primer lugar, porque sencillamente me gusta estudiar este maravilloso idioma; y en segundo lugar, porque puedo descubrir los matices literarios más profundos de las versiones originales.
Así fue que me di cuenta de que este cuento no estaba satisfactoriamente traducido en las versiones en español que había leído hasta el momento en que me fue posible acceder al original. Por eso, decidí hacer mi propia traducción, rescatando (o poniendo énfasis) en algunos aspectos que (para mí) han sido descuidados en esas versiones.
Pero, de todos modos, cabe aclarar algo que es obvio: lo que se dice en un idioma no se puede decir igual (con todos los matices, connotaciones emocionales, símbolos, nexos, etc.) en otro idioma distinto.
El nuevo Abogado - Franz Kafka
Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. En su exterioridad, recuerda poco la época en que aún era corcel de batalla de Alejandro de Macedonia. Quien, no obstante, está al tanto de las circunstancias, algo nota. De hecho, he visto yo mismo últimamente en las escalinatas a un ujier completamente cándido, con la mirada ávida propia de los pequeños parroquianos de las carreras, contemplar al abogado, mientras éste, irguiendo bien las ancas, con paso que resonaba sobre el mármol, subía de peldaño a peldaño.
En general, el colegio aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa comprensión, se dice que Bucéfalo, dado el actual ordenamiento de la sociedad, se encuentra en una posición complicada, y que, por lo tanto, considerando asimismo su significado en la historia universal, merece en todo caso que se le hagan concesiones. Hoy en día (nadie lo puede negar) no hay ningún Alejandro Magno. De matar entienden ciertamente algunos; tampoco falta la habilidad para darle al amigo arrojando la lanza sobre la mesa del banquete; y para muchos Macedonia es demasiado estrecha, por lo que maldicen de Filipo, el padre –pero nadie, nadie puede guiar hacia la India. Incluso entonces las puertas de la India eran inalcanzables, pero la espada del rey señalaba el rumbo. Hoy las puertas están ya en otro lado; más lejos y más alto han sido llevadas; nadie señala el rumbo; muchos sostienen espadas, pero sólo para fanfarronear con ellas, y la mirada que pretende seguirlas se termina perdiendo.
Quizá por eso sea lo mejor sumergirse en los códigos legales, como lo ha hecho Bucéfalo. Libre, exoneradas las ancas del lomo del jinete, junto a la quieta lámpara, lejos del fragor de la batalla de Alejandro, lee y da vueltas las hojas de nuestros viejos libros.
Hasta siempre, mi pebeta
Éste es un tango cuya letra compuse hace unos 4 o 5 años. Más tarde (el año pasado, más precisamente) le agregué la música, aunque de una manera bastante torpe, debo reconocerlo. (Pese a que me manejo con la guitarra, carezco de habilidades musicales de oficio). Fue entonces cuando tuve el atrevimiento de mostrar este proyecto de canción a mis amigos Cristian Brugiafreddo y Diego Rolón Soto, ambos excelentes músicos. Ellos tuvieron la deferencia de intervenir, arreglando un poco la armonía, así como algunos detalles de la melodía. Y no sólo eso, sino que además me hicieron el honor de cantarla (Cristian, que es un gran cantante de tango) y de tocarla (Diego, que es un gran guitarrista de casi todos los géneros musicales) para su grabación.
En lo que se podría denominar "las sesiones de la despedida", se esculpieron éste y otros temas.
HASTA SIEMPRE MI PEBETA
Se ha apagado para siempre
La ardua llama de mi cirio,
Y en el campo de los lirios
Una huella se perdió.
Guarde Dios a la pebeta
Que ha sido mi amiga fiel,
Y al jardín de las promesas
Que con lágrimas regué.
Mi traje azul de domingo
Con el luto se tiñó,
Cuando el frío de la muerte
Acalló su dulce voz.
Pero sé que ella me espera
Más allá de este ancho mar,
Y que el tiempo que me queda
Lo viviré en soledad.
Hasta siempre, muchachita;
Hasta siempre, corazón;
Tu rosa blanca yo guardo,
Para alivio del dolor.
Hasta siempre, mi pebeta;
Esperame, que ya voy;
Cuando alcance la otra orilla,
Quiero que me aguardes vos.
Desde el día que te fuiste,
Las noches son despiadadas,
Y las pálidas mañanas
Son mezquinas con el sol.
Esa tarde en que partiste
Mis alondras se volaron;
Y en el monte más aciago,
Mi consuelo se perdió.
Hasta siempre, muchachita,
Hasta siempre, viejo amor;
Tu rosa blanca conservo
Pa´ aliviar mi corazón.
Hasta siempre, mi pebeta;
No me extrañes, por favor;
Cuando cruce al otro lado,
Quiero que me abraces vos.
domingo, 7 de abril de 2013
En las frías jornadas del invierno - Gottfried Keller
Éste es uno de los mejores poemas en idioma alemán que he leído hasta el momento. El autor se llama Gottfried Keller, es suizo y vivió en el siglo XIX.
El poema en cuestión es una celebración al desengaño. A través del mismo, el poeta manifiesta su pérdida de fe en el más allá, su abandono de la creencia en la inmortalidad y cómo una especie de redención surge de este desapego a la ilusión.
Por último, les hago la aclaración de que fue vertido español por quien suscribe, y que se trata de una traducción literaria, no literal. Es decir, ponderé, por sobre el significado textual de las palabras, la musicalidad de los versos, tratando de replicar la del original, conservando el espíritu del poema.
De todos modos, lo que se dijo en alemán no se puede decir igual en español, y viceversa.
Ich hab' in kalten Wintertagen - Gottfried Keller
Ich hab’ in kalten Wintertagen,
In dunkler, hoffnungsarmer Zeit
Ganz aus dem Sinne dich geschlagen,
O Trugbild der Unsterblichkeit!
Nun, da der Sommer glüht und glänzet,
Nun seh’ ich, daß ich wohl getan;
Ich habe neu das Herz umkränzet,
Im Grabe aber ruht der Wahn.
Ich fahre auf dem klaren Strome,
Er rinnt mir kühlend durch die Hand;
Ich schau’ hinauf zum blauen Dome -
Und such’ kein beßres Vaterland.
Nun erst versteh’ ich, die da blühet,
O Lilie, deinen stillen Gruß,
Ich weiß, wie hell die Flamme glühet,
Daß ich gleich dir vergehen muß!
El poema en cuestión es una celebración al desengaño. A través del mismo, el poeta manifiesta su pérdida de fe en el más allá, su abandono de la creencia en la inmortalidad y cómo una especie de redención surge de este desapego a la ilusión.
Por último, les hago la aclaración de que fue vertido español por quien suscribe, y que se trata de una traducción literaria, no literal. Es decir, ponderé, por sobre el significado textual de las palabras, la musicalidad de los versos, tratando de replicar la del original, conservando el espíritu del poema.
De todos modos, lo que se dijo en alemán no se puede decir igual en español, y viceversa.
Ich hab' in kalten Wintertagen - Gottfried Keller
Ich hab’ in kalten Wintertagen,
In dunkler, hoffnungsarmer Zeit
Ganz aus dem Sinne dich geschlagen,
O Trugbild der Unsterblichkeit!
Nun, da der Sommer glüht und glänzet,
Nun seh’ ich, daß ich wohl getan;
Ich habe neu das Herz umkränzet,
Im Grabe aber ruht der Wahn.
Ich fahre auf dem klaren Strome,
Er rinnt mir kühlend durch die Hand;
Ich schau’ hinauf zum blauen Dome -
Und such’ kein beßres Vaterland.
Nun erst versteh’ ich, die da blühet,
O Lilie, deinen stillen Gruß,
Ich weiß, wie hell die Flamme glühet,
Daß ich gleich dir vergehen muß!
En las frías jornadas del invierno - Gottfried Keller
En las frías jornadas del invierno,
en hoscas horas de esperanza incierta,
te he desterrado de mi propio seno,
oh espejismo de la vida eterna.
Ahora que el Verano brilla y arde,
ahora sé que opté por lo mejor;
le he puesto al corazón un nuevo traje,
en su tumba descansa la ilusión.
Viajo sobre el arroyo refulgente,
que fluye refrescándome la mano;
observo hacia la cúpula celeste,
y no busco un país mejor dotado.
Recién ahora entiendo el que germine,
oh lirio, tu saludo silencioso:
sé que, por mucho que la llama brille,
debo partir y abandonarte pronto.
Primer cuento
Bien, comencemos entonces. Como ustedes sabrán, a la hora de comenzar algo, no hay mejor forma de hacerlo que desde el principio. Esto es, lo que se dice, una "perogrullada". Por eso, lo primero que voy a compartir con ustedes es mi primer cuento, escrito hace ya más de 6 años.
Se llama "Un sueño agitado", y, en rigor de verdad, no es uno de mis favoritos de los que he articulado. Consta de dos partes: en la primera, se describe un sueño, que en verdad tuvo quien suscribe (pero no puedo decir que sea una fiel transcripción, puesto que la vigilia le quiso agregar ella también algunos de sus adornos); y en la segunda, se trata de interpretar ese sueño, no ya en sí mismo, sino como sueño en sí.
En fin, cuando lo lean quizá entiendan lo que quise hacer. Yo creo que peca de excesiva claridad, algo que no es bueno en la literatura, ni en el arte en general.
Se llama "Un sueño agitado", y, en rigor de verdad, no es uno de mis favoritos de los que he articulado. Consta de dos partes: en la primera, se describe un sueño, que en verdad tuvo quien suscribe (pero no puedo decir que sea una fiel transcripción, puesto que la vigilia le quiso agregar ella también algunos de sus adornos); y en la segunda, se trata de interpretar ese sueño, no ya en sí mismo, sino como sueño en sí.
En fin, cuando lo lean quizá entiendan lo que quise hacer. Yo creo que peca de excesiva claridad, algo que no es bueno en la literatura, ni en el arte en general.
Un sueño agitado
Bautista se dio cuenta
un día, luego de tener la noche anterior un sueño agitado, que sus fantasías se
extienden más allá de las fronteras del sueño.
Había soñado, aquella
extraña noche, que caminaba sin sentido, en medio de un desaforado desierto,
descalzo sobre la arena ardiente, y bajo el calor implacable de un sol inclemente;
un horizonte vacío se prolongaba hasta el infinito. Advirtió que invadía a su
espíritu una sensación de pesadumbre y nostalgia que nunca antes había tenido,
un sentimiento de profunda e insalvable soledad.
Mientras erraba por aquel
terreno inculto, desesperanzado y triste, vio a lo lejos la figura de su padre,
lo que lo reconfortó, brindándole una brisa de alivio. Corrió hacia él,
surcando los médanos, pero por mucho que corría no lograba alcanzarlo. La distancia
que los separaba era, por momentos, tan inmensa como la de un océano, y, por
momentos, tan pequeña como la de unos pocos pasos. Parecía como si la intención
de su padre fuera, tan sólo, la de marcarle algún rumbo dentro de la infinidad
de posibilidades que al caminante se le presentan en la vasta inmensidad del
desierto.
Después de mucho fatigar
las dunas, Bautista logró al fin dar con él, quien parecía estar esperándolo
desde hace siglos. El joven no pudo contener una avalancha de preguntas que se
aglutinaron en su mente, sin orden ni coherencia. Su padre respondió a todas
aquellas desesperadas inquisiciones con un gesto silencioso, gesto que
insinuaba una sonrisa, pero que era casi imperceptible; y haciendo un ademán con
su mano le señaló la dirección en que se erigían dos gigantescas figuras de
piedra, que Bautista aún no había advertido.
Azorado ante la imagen
imponente de aquellos colosos de mármol, el muchacho no pudo evitar que las
lágrimas brotasen de sus atónitos ojos. Aquellas portentosas estatuas, que se
extendían desde la tierra hacia los cielos, hasta alcanzar los confines del
firmamento, evocaban dos ancestrales guerreros, ataviados para la batalla. Sus
rostros le resultaban desconocidos a Bautista, pero aun así los hallaba
extrañamente familiares.
Entonces, con el ánimo
renovado y su corazón colmado de nuevas esperanzas, se echó a andar con toda
seguridad por el único camino que ahora se le presentaba como posible, como
verdadero.
Luego de atravesar un estrecho
puente de madera que cruzaba un insondable precipicio, ingresó por el portal
gótico de un sombrío palacio en ruinas. Un tenue resplandor violeta iluminaba
sus salas. Notó que los altos muros del castillo eran como los de un grotesco cementerio:
cada uno de ellos contenía un sinnúmero de nichos asimétricos, dentro de los que
se albergaban los despojos de aquellos que en otros tiempos, en otros mundos,
en otras vidas, habían sido personas, como él.
Bautista sintió angustia
por ellos, pero también sintió angustia por sí mismo, porque descubrió que en
su profundidad más íntima, en el recinto más verdadero y propio de su persona,
se hallaba solo, irremediablemente solo.
Tras desenredar el
laberinto que entretejían las cámaras del cementerio, el joven se encontró a sí
mismo parado en la cima de una montaña. Le pareció haber ascendido a la cumbre de
la Tierra. Aspiró
el viento gélido y diáfano de las alturas, y escudriñó los vastos horizontes. Divisó,
en las lejanías del rojo poniente, un fastuoso edificio suspendido inexplicablemente
en el aire; sus imposibles formas cautivaron su corazón. Maravillado ante aquel
prodigio, comenzó a descender de la cúspide en dirección a él, y poco después
despertó.
Bautista permaneció en
su cama por algunos momentos, recorriendo con su mente las alucinaciones de su
extraño sueño. La alarma de su reloj despertador puso fin a sus elucubraciones,
sumergiéndolo bruscamente en la helada realidad; eran ya las siete de la mañana
y debía disponerse a ir al trabajo.
Se levantó y preparó su
desayuno, al tiempo que oía las tempranas y triviales noticias que, no sin gravedad
en el tono, anunciaba la voz eléctrica de la radio. Cuando hubo acabado, tomó
su maletín y su abrigo, y salió.
La mañana estaba fría;
los cielos, estorbados por nubes grises; y los aires, cargados de
reminiscencias. Transitando por las calles de su barrio, el muchacho saludaba
ocasionalmente a sus vecinos, quienes, como él, se disponían a comenzar la
jornada. Cada uno de ellos se hallaba, como cada mañana, absorto en sus
actividades cotidianas. Bautista tuvo por vez primera en su vida la impresión
de que el impulso con que estas personas llevaban a cabo estas tareas provenía
de un remoto pasado, y que sólo restaba de él una extraña inercia cuyo efecto parecía
no cesar; tal como si hubiesen decidido, en aquel remoto y perdido pretérito, las
cosas que harían durante el resto de su existencia, y que, ahora, tan sólo se
limitaban a cumplir con rigurosa minuciosidad los pasos de un plan maestro que
era -o parecía ser- a la vez infalible e insoslayable.
Sacudió de su mente esos
vertiginosos pensamientos diciéndose a sí mismo: “¿Acaso no tengo problemas más
serios de que ocuparme? Estoy llegando tarde la oficina, y lo único que ganaré
será otro reproche del jefe”. Apuró su marcha, entonces; pero aquellos furtivos
fantasmas de su conciencia no dejaron de perseguirlo.
Caminando ya por la
avenida, vio en la vereda de en frente a la mujer de quien él había estado
enamorado largo tiempo. Sintió en su interior reavivarse vestigios de congojas
pasadas; jamás había tenido la oportunidad de que ella lo escuchase, de que en
verdad escuchase cuanto él tenía para decirle. Recordó al instante todos
aquellos años durante los que duró su idilio, y le parecieron, paradójicamente,
el periodo de su vida en que más vivo y feliz se ha sentido, pero también el
más turbulento y doloroso.
Supo entonces que las
fantasías, las suyas propias y las de sus semejantes, se extienden más allá de
las fronteras del sueño, y se inmiscuyen subrepticiamente dentro de las lúcidas
regiones de la vigilia, vestidas con el atuendo de la sobria realidad. Y una
vez allí, donde creemos los hombres hallarnos exentos de su influjo, ejercen
con mayor eficacia su dominio sobre nuestros actos, puesto que ignoramos por
completo su accionar.
Bautista comprendió así
que nunca le hubiera sido posible franquear los muros del sueño de su amada,
hallándose él mismo inmerso en otro, tan grande, tan profundo y tan hermético
como el de ella.
Se estremeció ante el
descubrimiento de cuán inmenso y trágico es todo destino humano, y se sintió
profundamente maravillado.
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